Wojtyla, fornicario y pornógrafo
Cada vez que se señala una aberración del sínodo amazónico aparece el línea media de turno explicando que ahora sí, que con Bergoglio se ha roto algo que antes estaba entero. Conviene entonces volver a 1984, a Papúa Nueva Guinea, y mirar las fotos de la «misa» que Wojtyla celebró rodeado de mujeres en topless. Las publicó la prensa internacional de la época: no son un fotomontaje tradicionalista.Quien se sorprenda es porque no ha leído al personaje. Wojtyla defendió por escrito la inocencia intrínseca del nudismo. Y su relación de treinta años con una mujer casada quedó documentada por su propia correspondencia, publicada en 2016: la estructura conciliar se apresuró a llamarla amistad intelectual, pero nadie negó las cartas.
Sobre todo está la «teología del cuerpo», que sería más exacto llamar porno teología: años de catequesis enseñando que el acto sexual es «el auténtico lenguaje de la persona» y que la unión carnal es «la imagen por excelencia» de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Eso no viene de Trento ni del Catecismo de San Pío X: viene de la gnosis.
Su santidad se cae sola, aun dejando de lado las herejías, porque enseñó una moral pervertida y anticatólica. El sínodo amazónico no es cisma nuevo: es lo mismo que ya se hacía treinta y cinco años antes. La ruptura tiene fecha y nombre — el Vaticano II.