Ramón Roal

Misa Católica vs Misa de Montini: obediencia contra rebeldía

Cuando se discute sobre la Misa tridentina y la Misa nueva, el debate encalla casi siempre en lo estético: qué rito es más bello, más devoto, más participativo. Ese no es el problema. El problema es doctrinal, y tiene nombre y fecha: la bula *Quo Primum Tempore*, promulgada por San Pío V el 14 de julio de 1570.

*Quo Primum* no es una disposición disciplinar revocable como tantas. Declara que la Misa allí fijada no era una misa nueva de 1570, sino la de los Padres, restaurada a su forma primitiva y puesta a salvo para siempre. Pío V concede «a perpetuidad» su uso, ordena que «nada se le añada, nada se quite, ni se altere en absoluto», y cierra con la censura de rigor: quien ose contravenirlo «sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo».

Cuatro siglos después, el Vaticano II abrió la puerta a una reforma que terminó en un misal radicalmente distinto, promulgado por Montini en 1969. Nació de dos impulsos. El primero, el espíritu «ecuménico»: no es casualidad que la comisión la capitaneara el más que sospechoso Annibale Bugnini, ni que entre los nueve expertos convocados como consultores la mayoría fueran protestantes. El segundo, la ruptura con lo intocable: demostrar que ni siquiera lo que la Iglesia había fijado como perpetuo escapaba a la mano del reformador.

Ese origen explica el fruto: misas temáticas, misas de payasos, improvisación sin fin. Un rito nacido para romper un límite no tiene después razón interna para reconocer ningún otro.

Y el mismo espíritu, disfrazado de fidelidad, contamina a sus supuestos adversarios: la FSSPX no escogió el Misal católico, sino el de 1962 de Juan XXIII, ya tocado por la primera ronda de reformas. La cuestión de fondo no es qué misa gusta más, sino si alguien tiene potestad para tocar lo que Pío V declaró fijado para siempre.

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