ARRODILLARSE NO ES SOBERBIA
Hay una acusación que se repite con una ligereza sorprendente cada vez que alguien defiende la Misa tradicional o decide arrodillarse para recibir la comunión: la soberbia. No se ofrecen argumentos teológicos. No se citan documentos del Magisterio. No se demuestra que ese gesto contradiga la fe de la Iglesia. Simplemente se lanza la descalificación: “se creen mejores”, “quieren aparentar más fe”, “se sienten superiores”.Es un recurso pobre, pero eficaz. Cuando no se puede atacar el gesto, se ataca el corazón de quien lo realiza. El debate desaparece y se sustituye por una sospecha moral. No se discute si arrodillarse es legítimo —algo que la tradición de la Iglesia ha considerado natural durante siglos— sino que se pretende juzgar la intención interior del fiel.
Y ahí está el abuso. Porque nadie puede saber qué hay en el corazón de otro. Nadie puede afirmar que un joven se arrodilla por soberbia, del mismo modo que nadie puede afirmar que quien comulga de pie lo hace por irreverencia. El interior de las personas pertenece a Dios, no a los observadores de turno que se arrogan el derecho de repartir diagnósticos espirituales.
La acusación, además, es profundamente absurda. Arrodillarse ha sido siempre el gesto clásico de la humildad cristiana. El creyente se arrodilla porque reconoce que no está ante algo ordinario, sino ante Cristo mismo. Doblar la rodilla es admitir la propia pequeñez. Convertir ese gesto en una prueba de soberbia exige invertir completamente su significado.
Miguel Escrivá en Infovaticana.